Ese día comprendí que mi equipo iba a ser el Cartagena. Fuera FC, CF, Efesé o como quisiera llamarse. El equipo que paseara los colores blanquinegros por todos los rincones de España sería el mío. Y me iba a dar igual quien lo gobernara, presidiera o dirigiera. Y también en que división estuviera. Y ya van quince años retirando el abono.
Junio de 1991. Un año y cuatro meses tenía yo. Todavía llevaba pañal y balbuceaba mis primeras palabras. No sabía lo que me esperaba horas después pero marcaría mi vida por y para siempre.
Empieza a llegar gente a mi casa. El primero en llegar es mi tio
Jose, quien todos los Domingos, sin fallar uno, se iba con mi padre en el coche y volvían dos horas después.
Se oye que alguien mete la llave en la puerta. Es mi papi, que traía el pan, aunque más pan de lo normal, y dos huevos kínder, uno para mí y otro para mi hermano, como siempre.
Mi tio y mi padre cogen la mesa de la cocina, la pliegan, la sacan al patio y empiezan a bajar sillas de la terraza, y cómo os decía, hay más sillas de lo normal.
Suena la puerta, el timbre, el cristal del ventanillo, todo a la vez ¡Cómo para no oírlo! Todos sonríen y abrimos la puerta. Era Alfonso “el del café” y su hijo, Alfonsico.
Directo, fue al comedor. Empieza a desmontar la radio Schneider. Desconecta los altavoces y la desenchufa de la corriente. Con un alargador, coloca la radio y los altavoces en el patio y empieza a buscar una emisora.
Empezamos a cenar. Yo lo hice en mi plato lila de plástico, comprado en las “100 pesetas”, que todavía anda por casa. De pronto, escuché un: “Empieza el partido en Córdoba”. No sabía que era eso de partido nisiquiera dónde estaba Córdoba, pero todos se callaron y escuchaban la radio muy atentamente. Como un enano que era, tenía que ser yo quien rompiera ese silencio con, seguro, alguna tontería. Sólo una mirada de los allí presentes me hizo empezar a entender que aquello que escuchaban era muy importante para ellos.
El silencio, que comenzaba a ser desgarrador, se rompía con un grito, que era nuevo para mí: ¡¡¡GOOOLLLLL!!!. Todos se abrazaban, se daban besos, sí, entre hombres también, ¿Qué pasa? Mi padre me cogió en brazos y me lanzaba al aire como si de un balón se tratara.
Ese grito de ¡¡¡GOOOLLLLL!!!, se repitió dos veces más en la noche. El equipo al que animaba mi padre había ganado 0-3. Pensaba que si ya había ganado su equipo, apagaría la radio. Nada más lejos de la realidad. Le subió el volumen a la radio y no se despegó de allí, como si esperara noticias.
Pues sí, las esperaba. Tenían que venir del Campo de Las Margaritas de Getafe, donde el Racing de Santander empataba a 3 con el propio Getafe.
El empate entre racinguistas y getafenses ponía al Cartagena FC en Segunda División.
Oí, otra vez, ese grito de ¡¡¡GOOOLLLLL!!!, pero por la cara de todos ellos, sabía que no era nada bueno.
Pues no. No era nada bueno. Y es que, otra vez, al Cartagena le habían amargado, terceros equipos, saborear la Segunda División.
Ese día comprendí que mi equipo iba a ser el Cartagena. Fuera FC, CF, Efesé o como quisiera llamarse. El equipo que paseara los colores blanquinegros por todos los rincones de España sería el mío.
Ahora que el Racing de Santander está a un paso de descender de categoría, me ha apetecido escribir esto…no sé porqué, oiga…