Sin apenas fuerzas, muy tocado y en un estado que no sé bien cómo definir. Así me siento. Un estado a medio camino entre la esperanza (por supuesto, ciega) y el desasosiego, donde al mismo tiempo reina el más absoluto pesimismo.
Estas sensaciones bien podrían ser consecuencia de cualquier problema cotidiano en la vida del ser humano; en unos casos ante problemas serios, en otros ante meras trivialidades que, a sabiendas de que lo son, causan mucha inquietud a quienes las padecen.
En esta última situación, donde considero que se encuentra más de algún aficionado al fútbol en Cartagena, me hallo ahora mismo. Debatiéndome entre creer o romper todos los papeles, tal y como literalmente hizo
Bórdalas aquella tarde de mayo en
El Collao, cuando Carmona robó aquel balón imposible y cedió a
Juan Pablo el gol del ascenso. A buen seguro, en aquellos instantes, cuando todo parecía perdido, apostaría sin miedo alguno, que
Carmona creyó. Porque era posible. Creyeron los cartageneristas que se desplazaron a Alcoy. Creyó la multitud que colapsó el Pabellón Central. En definitiva, todo cartagenero marcó el gol del empate más valioso de la historia de nuestro fútbol. Y si se creyó entonces, ¿por qué no hacerlo ahora?
Cierto es que la situación actual no invita al optimismo pero aún es posible. El desarrollo de esta temporada, sin duda alguna, perpetuará en la retina de todos los que ahora estamos viviéndolo. Pongámonos en situación: un equipo totalmente nuevo, unos fichajes esperanzadores y la nueva venta de un sueño. Un sueño que, jornada a jornada, se tornaba en pesadilla.
Nadie hubiera imaginado que nos veríamos inmersos en semejante debacle pero, lo cierto es que, nuestro FC Cartagena se encuentra en puestos de descenso, a falta de trece jornadas para finalizar el campeonato y tras perder con el colista en casa, ofreciendo una triste imagen de imperdonable mediocridad. Ante esta tesitura, me planteo cómo transmitir un mensaje que incite a creer en la salvación, pero ¿cómo lograrlo? Con semejantes datos, duro -muy duro- se antoja creer en ella pero, vuelvo a repetirlo, es necesario creer. Porque es posible.
La importancia de creer la pone de manifiesto Lewis Carrol en la célebre “Alicia a través del espejo”. La reina acaba de contar algo extraordinario. Alicia se muestra incrédula:
“–No puedo creerlo –dice Alicia. -¿No puedes? –repite la reina con aire triste–. Inténtalo de nuevo: respira hondo, cierra los ojos, y cree. Alicia se ríe: –No sirve de nada intentarlo. Sólo los tontos piensan que las cosas imposibles pueden suceder. –Creo que lo que te falta es un poco de práctica –responde la reina– Cuando yo tenía tu edad, practicaba media hora al día por lo menos: inmediatamente después del café de la mañana, hacía lo posible por imaginar cinco o seis cosas increíbles que pudieran cruzarse en mi camino, y hoy veo que la mayoría de las cosas que imaginé se han hecho realidad. Gracias a ello, he llegado hasta a ser reina.”
¿Y si tratamos de creer tal y como hace la reina? Pensareis que es absurdo pero, ¿y si no lo es?, ¿perdemos algo por intentarlo? Recordemos que el ser humano necesita creer en algo. No lo olvidemos. Y, ¿por qué no creer en la salvación? Hagámoslo, por difícil que parezca. Invertiremos en ello la misma energía que vertiendo críticas indiscriminadas, buscando culpables, dando por hecho el descenso…Yo creo. Simplemente, porque aún es posible.